El coronel no tiene quien le escriba

 

En muy pocas ocasiones, la magia que provoca la lectura de una novela consigue un aderezo perfecto fruto de una vivencia personal. Momentos sublimes en los que realidad y ficción se unen por un instante. Mientras devoraba ‘El coronel no tiene quien le escriba’, acomodada en el primer asiento de un bus urbano, frente a mí, una pareja de ancianos intentaba superar una dura prueba de su día a día; acceder a su interior desde la parada.

Cuando me percaté de la situación, la mujer, con la mitad delanteras de sus zapatos dentro, y la otra mitad no, se inclinaba lentamente hacia atrás. Estaba a punto de caer, si no fuera porque su marido, sujetándola fuertemente por el brazo con su mano izquierda, mientras con la derecha se aferraba al pasamano, había conseguido paralizar el inevitable desenlace por unos segundos. Entonces, mientras ayudaba a evitar lo inevitable, desde la cercanía pude casi palpar sus sentimientos. Ella lloraba, y no paró de hacerlo durante unas cuantas paradas. Posiblemente, en ese preciso instante se convencieron de lo que ya temían.

Precisamente, llevaba un tiempo obsesionada con este asunto. La vejez. Había llegado a superar con creces las horas perdidas pensando en la muerte. Así que, leer ‘El coronel no tiene quien le escriba’ se estaba convirtiendo en una experiencia especialmente triste para mí. Pero, ¿en qué consiste leer un libro sino es en provocar sentimientos que te invadan? García Márquez ha sido capaz de conseguir algo así con una historia tan corta como esta. Supongo que eso es ser un auténtico genio de la literatura. Desde la primera página, eres presa de la realidad que imbuye a sus dos protagonistas, que sufren segundo a segundo su progresiva invalidez, y que, sumada a su pobreza, les impide prácticamente sobrevivir un angustioso día más.

Pero este libro no es solo eso. También trata sobre las personas decente. La mayoría caemos en el error de pensar que tenemos principios, pero eso no es suficiente para que sean parte de ti. Para poseerlos de verdad es necesario llevarlos al hombro, como una auténtica losa, y lograr sostenerlos por mucho que pesen. La mayoría nunca tendremos la oportunidad de saber si los tenemos o no, porque, por suerte, no soportaremos prueba tan dura como a la que se enfrenta el coronel los últimos quince años de su vida. La de aguantar estoicamente la llegada de una compensación merecida, por luchar activamente  por su libertad y la de su país en el que vive.

No os preocupéis si ahora mismo estáis dudando en qué grupo de personas os encontráis vosotros. Los que defenderíais vuestros principios hasta el final o no. La mayoría no seríamos capaces de acarrear con ellos. Sobre todo, si al hacerlo estamos condicionando cosas tan simples como las comodidades del día a día. Este es un asunto que subyace a lo largo de toda la historia, de forma muy sutil, y estalla en la cara del lector mientras disfruta del último párrafo de esta historia. Supongo que eso tampoco puede hacerlo más que un genio como Márquez.

Pensé que podría aguantar el tipo mientras leía ‘El coronel no tiene quien le escriba’, pero no pudo ser. Aquella tarde en el autobús, tras volver a mi asiento aún noqueada, descubrí al conductor, desde su hermética cabina, buscando mi mirada, con una expresión alentadora y cómplice. Me dio las gracias por hacer lo que a él le impidió una máquina que le aísla del mundo. Solo dijo gracias, muy sentidas, y arrancó. Entonces, yo ya no pude seguir leyendo.

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