El ángel exterminador de los convencionalismos

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Los convencionalismos son ideas o costumbres que se aceptan o practican por comodidad, acuerdo o conveniencia social. Este es un término que rondó mi cabeza continuamente cuando hace pocos días disfrute de la película de Luis Buñuel ‘El ángel exterminador’, que trata sobre, nada más  y nada menos, que un grupo de personas de la alta sociedad que durante la típica fiesta de etiqueta en una mansión, de repente, son incapaces de abandonar la estancia en la que se encuentran. Una trama simple, sí, a primera vista, pero tremendamente intrigante, que solo pudo salir de una cabeza como la del gran genio aragonés del surrealismo.

Pero no nos enredemos y volvamos a los convencionalismos. Tras darle unas cuantas vueltas, llegué a la conclusión de que, siempre desde mi muy humilde opinión, Buñuel pretendía plasmar las consecuencias del enquistamiento social de los convencionalismos, lo que intentaré argumentar a continuación.

Durante las primeras horas de encierro, los invitados niegan la surrelista situación que están viviendo, tanto hacia a ellos mismos como a los demás. No quieren hacer tangible la extraña y desconcertante situación. Algunos de ellos llegan incluso a mostrar su intención de salir del lugar para, por ejemplo, ir al tocador, pero, cuando llegan al quicio de la puerta curiosamente recuerdan algo que querían decir a alguien y dan media vuelta. ¿Por qué niegan la realidad? Por culpa de los convencionalismos sociales, que no son más que normas formales que nacieron de forma espontánea para establecer las relaciones entre los humanos. Una condición lógica en pro de la racionalidad, pero que con el tiempo se fueron haciendo más y más complejas, pintándose capa sobre capa de las mismas, llegando a perder incluso el sentido original que los conformó.

Antes de continuar con esta idea, veo necesario hacer un alto para explicar un experimento que conocí hace poco tiempo y que ayudará a entender la idea planteada. Este fue realizado con primates en una jaula que contenía una escalera en el centro con unos plátanos encima. Al comienzo, metieron en ella a un primer grupo de monos que fueron reprimidos con agua helada al intentar acercarse a la comida, por lo que todos empezaron a agredir a todo aquel que decidía probar suerte. A continuación, se introdujeron más monos que, igualmente, fueron golpeados por los del primer grupo al aventurarse a coger los plátanos. Por último, siendo la clave de este experimento,  al introducir un tercer grupo de monos, estos fueron agredidos hasta por sus semejantes del segundo grupo, que ni siquiera conocían las consecuencias reales de la osadía. En definitiva, estos monos hicieron lo mismo que los humanos con los convencionalismos; seguir al grupo sin preguntar por qué razón lo hacen.

Así, los protagonistas de “El ángel exterminador”, no olvidemos que pertenecen a la alta sociedad, son personas que viven en un mundo lleno de normas sociales muy arraigadas. La etiqueta y el protocolo  son elementos fundamentales que aprenden desde niños y que llegan a marcar su personalidad. Unas normas que, después de siglos de evolución antropológica, han ido enredándose y deformándose, llegando incluso a perder su significado sin que nadie se pregunte por qué están ahí.

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¿Cuál es la razón por la que no somos capaces de preguntarnos si tiene sentido mantener algunos de estos roles? Por miedo, o, mejor dicho, pavor a salirnos de lo establecido, a ser diferente a los demás y hacer algo que no sea entendido. Todos disimulan, excepto el mayordomo, que, como cumple una orden directa de la señora de la casa que le manda que vaya a la cocina, no puede poner excusas para no cruzar esa puerta. Su expresión facial, en ese momento, es aterradora. Un gesto que podría asemejarse al significado del término jurídico  ‘miedo insuperable’, que se aplica cuando, por ejemplo, una persona ha matado a alguien que pretendía atacarle. En psicología, se acercaría a la sensación que sufren las personas con trastornos de ansiedad, como la agorafobia. Momentos en los que el cerebro no piensa y solo se deja llevar por lo que siente, siendo un sensación extrema de estar muriendo, y, aunque no haya razón ninguna para ello, es imposible calmar la pulsión de tu cuerpo que te impide ver la realidad.

Con el paso de los minutos, los invitados empiezan a verbalizar lo que está ocurriendo, pero, calman su ansiedad viendo que el resto de sus compañeros siguen ahí, tan tranquilos. Otros, incluso, lo justifican, alegando la espontaneidad que supone la situación o lo bien que se lo están pasando. Los dueños de la casa, teniendo cuidado de que nadie les escuche, comentan lo poco adecuado del comportamiento de sus invitados, pero no se les ocurriría incomodarlos haciéndoselo saber. Ocurre igual en la vida real, donde concluimos constantemente que seguir al resto será lo mejor.

Por último, el desenlace del film, cuando sus protagonistas consiguen salir de esta cárcel, propone la forma en la que romper las ataduras que suponen los convencionalismos. Colaborando entre ellos, los invitados consiguen retrotraerse al momento en que todo comenzó. Fue cuando una de ellas, pianista de profesión, interpretó una pieza ante la insistencia de unos cuantos. Nada más acabar, tras los aplausos, es cuando expresó su deseo de irse a casa. Al repetir, cual actores interpretando, esta situación, se rompió el hechizo y, sin explicación alguna, todos comenzaron a salir de la mansión.

Seguramente Buñuel se ría a carcajadas desde su tumba cada vez que un listillo intenta darle explicación a alguna de sus obras. Él mismo siempre simplificó al máximo sus interpretaciones al respecto. Pero yo creo que pretende que busquemos la solución a este conflicto humano de desarrollo personal volviendo al origen, a la primigenia forma de actuar del ser humano, antes de que todos estos roles se impusieran y, así, volver a reconstruir las normas, ya que es algo inherente a la vida en sociedad, pero para que, al menos sean reciclados de forma temporal, haciendo su uso más racional.

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Por último, no quiero acabar sin reseñar algo que me ha parecido muy curioso. El punto de inflexión en este dilema se desarrolla en el momento en que todos sus protagonistas, absortos, escuchan una bella interpretación musical en un piano de cola, como ya se ha explicado. Y, casualmente, la música, como el baile, tiene una gran carga mística y espiritual. Son pulsiones que nacen de lo más profundo del ser humano. Son momentos que promueven la felicidad más pura, siendo introspectiva y primitiva. Genera una situación de aislamiento íntimo y un estado de plenitud vital único. Estas artes, pueden conseguir que, incluso los más amordazados por los convencionalismos, se olviden de ellos por unos instantes.

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