Sábado 18, los imprescindibles regalos

Tras trabajar por la mañana en el montaje queda poco que hacer. Nuestro trabajo de postproducción no es exhaustivo. Debemos elegir las imágenes y partes de las entrevistas que nos interesan ordenándolas en una línea de tiempo en el programa final cut. Dejamos unos 10 minutos de imágenes que después Nyokabi y los técnicos alemanes reducirán hasta cinco minutos y añadirán la voz narrativa con el guión que les hemos dado. Al acabar decido irme con Zuriñe al mercado turista que hay en la ciudad de Malindi. Las italianas ya han ido alguna vez y nos instan a que vayamos ya que es el mejor sitio donde encontrar detalles para regalar a nuestros familiares y amigos.

De nuevo, la estampa es digna de remarcar.

El regateo es obligatorio. Ellos en principio marcan un precio altísimo y tú debes hacer lo mismo pero en sentido opuesto. En mis primeros intentos cometí un típico error de principiante marcando, en esa primera puja, el valor que tenía. Así nunca pagaré ese precio.

El lugar era completamente estresante y no es que hubiese mucha gente. De hecho, éramos las únicas clientes, de al menos cien puestos artesanales, y los vendedores no dejaban de llamar nuestra atención para que entrásemos en su puestecito. Estando en una tienda aparecía otro vendedor para que le prometieras que la siguiente que verías sería la suya. Cuando te ibas de una tienda después de interesarte por algún artículo con la escusa de “quiero

seguir mirando” ” te hacían prometerles que volverías.

Usaban diversas técnicas, todos muy amables, solían presentarse, te preguntaban el nombre, llamaban tu atención sobre los objetos para que no dejaras de mirarlos. Era muy difícil recular y hacer amago de querer salir de allí. Cuando entras algunos de ellos te mencionan que la situación está muy mal, que hay pocos turistas y ven en ti la posibilidad de llevarse algo por fin.

Y una vez te gustaba algo, empezaba el regateo. Ellos marcan unos precios, empieza la negociación y bajan el precio. Toda su expresión recoge cierta indignación, asegurando que no pueden dártelo más barato ya que si no, no ganarían nada. Eso es imposible, marcaban precios mínimos similares a lo que te pueden costar esos productos en Europa. Un llavero, dos euros por ejemplo. Es imposible que ese sea el precio mínimo cuando un plato de comida en un restaurante cuesta 1 euro y medio.

Pero el desgaste psicológico de ser occidental empieza a hacer mella. Te sientes ridícula e incluso mala persona por estar regateando 50 céntimos o un euro. Muchos de ellos además se muestran desesperados intentando hacerte ver que si les compras algo podrán comer hoy.

Es muy duro y psicológicamente agotador. Hay momentos en los que solo quieres cerrar los ojos y salir de allí en ese preciso instante. Sientes que eres una presa, la que tiene esos billetes tan suculentos. La que ve 100 chillins como un mísero euro cuando para ellos es muchísimo más.

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