Domingo 12, el descubrimiento

 

Hoy ha sido uno de los días más emocionantes de mi vida, por no decir el más. Ya estamos instalados en el hotel y llevamos unos días debatiendo cómo vamos a hacer el documental, qué temas vamos a tratar y qué enfoque le queremos dar.

Para que el trabajo sea más fácil, nos hemos dividido en varios grupos y hoy, cada uno de nosotros, ha empezado a buscar las localizaciones y protagonistas de su parte del documental.

Como la temática que le ha tocado a mi grupo es la pobreza, hemos decidido buscar un poblado cercano al hotel donde residiera alguna persona que sufra la malaria. Necesitamos que nos cuente las dificultades económicas a las que se enfrenta a la hora de comprar las medicinas.

Nunca imaginé que, a tan sólo veinte minutos andando del hotel, podríamos encontrar la cruda realidad. Pero no nos adelantemos y vayamos paso a paso.

Llegando a las primeras casas de este pueblo, ví una estampa que me parecía perfecta para ser retratada. Una construcción de apenas tres metros cuadrados, que se mantenía estable gracias a una estructura de palos de caña y un tejado de paja.

Fotografia que nos dio a conocer a Sheldon

En ese instante aparece el dueño preguntándonos que hacemos allí. Se muestra receloso y desconfiado. Y es que, nos cuenta que otros extranjeros han aparecido por allí haciendo fotos, para colgarlas en Internet pidiendo ayuda económica que nunca ha llegado al pueblo.

Al explicarle la iniciativa, el hombre nos cuenta que es biólogo. Aunque no lo aparente tiene 25 años.  Gracias a sus ganas de estudiar y su inteligencia, consiguió una beca del Estado. Sheldon, que así se llama, nos explica que gracias a su pasión por la ciencia conoce perfectamente todo sobre malaria.

Además, nos cuenta como él mismo intenta concienciar a su pueblo de la importancia de prevenir la enfermedad pero, sus vecinos acaban por no hacerle caso. El motivo: el poco sustento económico que tienen hace imposible confiar en la ciencia.

Sheldon se ofrece a guiarnos por el pueblo y presentarnos a gente que sufre malaria. Es en ese punto donde comienza la increíble vivencia. Pasamos entre casas de barro, mujeres limpiando pecado sobre una hoja de árbol en el suelo o iglus de caña recubiertos con telas y plásticos. Llegamos al primer destino.

Iglús en los que viven Somalíes

Una mujer en muy mal estado de salud que nos permite entrar en su casa. En una estancia de apenas 5 metros cuadrados sin apenas luz, un calor sofocante, una cama y unos pocos utensilios. Casi no se le ve el rostro, porque lleva una tela que cubre su cabeza y sus brazos. Tan solo alcanzamos a ver que lleva la boca teñida de morado, seguramente por un antiinflamatorio bucal. Nos acomoda y ella se mantiene en cuclillas. No para de escupir al suelo.

Cinco minutos después, me encuentro distrayendo a una manada de niños que se han arremolinado a nuestro alrededor  y, pretenden meterse en la casa mientras mis compañeros  la entrevistan en suahili.

Me pongo a hacerles fotos para después enseñárselas, lo cual les vuelve locos. No saben ni una palabra de inglés y me resulta muy difícil explicarles que deben mantenerse a un par de metros de la cámara. Todos quieren salir y se apelotonan acercándose demasiado. El problema es que llevo un objetivo fotográfico de largo alcance  y no puedo captar imágenes de mucha anchura. Mi única opción es retratar cara a cara e intento que vayan posando todos pero, sobre todo con los más parados hay problemas, porque el resto no les respeta y se meten en el encuadre.

La situación empieza a ser estresante ya que los niños cada vez gritan más queriendo llamar mi atención individualmente. No paran de tocarme, mirar mi piel y señalar mi piercing. No dejan de sacar la lengua para que yo les enseñe la mía. Llega un momento en que están tan excitados con mi presencia que los más pequeños caen y los demás les pisan y acaban llorando. Por un momento todo es un caos del que no se salir así que decido jugar con ellos a que me persigan, les hago amagos y recortes y no paran de reír.

Entonces llegan dos jóvenes que más o menos tienen mi edad. Llevan vaqueros, zapatillas, comon las de cualquier joven europeo aunque, bastante destrozadas. Les explico por que estamos en el pueblo y se alegran por ello.

Uno de ellos, tras un rato, me pregunta si quiero comprar chucerias a los niños y yo acepto encantada. Mientras andamos hasta la tienda más cercana, tengo a tres niños colgados de cada brazo. Algunos juegan a ver si se atreven a besarme la mano, mi piel les sigue alucinando. Cada vez se nos unen más niños y cuando paramos hay más de treinta.

Uno de ellos entra en la tienda y sale con una caja de galletas grande y me dice que cuesta 1200 chilins que serian unos doce euros. El problema es que yo sé que esa caja no cuesta ese dinero. De hecho más tarde pregunté a nuestro compañero de Kenia y me dijo que esa caja realmente cuesta 450 chilins. Menos mal que le dije que no llevaba más que doscientos, así que volvió a la tienda y compró una bolsa grande de golosinas. Me dijo qeu costaba 220 chilins.

Después me enteré de que esa bolsa costaba 100. Me ha hecho pensar mucho esta situación. Un chico joven usando a los pequeños para conseguir dinero fácil del turista. Para mi es poco dinero pero, me cuesta mucho entender esa mentalidad tan baja y oportunista. Supongo que a mayor nivel de pobreza se pierde más fácilmente la ética.

Sin darme tiempo a repartir los caramelos aparece Sheldon y me lleva con mis compañeros que ya han acabado. Por el camino pasamos por un edificio de una planta, en tan malas condiciones como el resto, del que salen voces de cánticos africanos y, a través de la puerta abierta se puede ver a varias mujeres haciendo un mismo baile. Es la escuela del pueblo pero los domingos se usa para dar la misa.

Al llegar a la siguiente casa, nos encontramos con una situación mejor a la de la anterior. Y es que, en esta ocasión la parcela tiene unos cuantos metros cuadrados de tierra delante de la casa. Hay varias niñas y dos chicos jóvenes, de unos 20 años, haciendo sandalias artesanales. Mientras comienzan la entrevista, en el estrecho porche delante de la casa, otra vez en Suahili, no paro de observar lo que ocurre alrededor.

Las dos niñas de unos 7 y 12 añoos no parecen niñas. La de 7 lleva un bebe, de apenas 6 meses, atado a la espalda. Al ir a dejarlo dentro de la casa, en apenas un minuto se pone a llorar. La madre, que está siendo entrevistada, llama a la niña para que se lo vuelva a poner a la espalda. Su cara expresa … no sabría definirlo… resignación??

La de doce años está cocinando en algo en el fuego en una estancia semiabierta y a pocos metros de nosotros, pero aun así, no se puede ver bien lo que hace porque es bastante oscuro. Eso si, ningún apetitoso olor sale de ahí. La mayor acaba saliendo con un plato de plástico que contiene una papilla blanca y esponjosa. Se lo da a la pequeña que tras quitarse al bebe de la espalda comienza a dársela apoyada bajo un árbol.

Un vecino entra con su tuc tuc y lo aparca ahí mismo. Un tuc tuc es un taxi de tres plazas, constituido por una motocicleta a la que se le acopla una caja de hojalata con un asiento alargado. Los niños se meten y juegan con él. Las niñas de la casa se acaban uniendo. El bebe está con ellos y todos parecen tener consciencia de que tienen que cuidarlo.

Las horas se nos pasan volando y caemos en la cuenta de que llegamos tarde a la reunión que tenemos a las 2 de la tarde. Una clase técnica introductoria con Nyokabi. Llegamos finalmente una hora tarde sin haber comido. A mí no me importa, no tengo ni pizca de hambre, por la increíble situación vivida minutos atrás. Vuelvo al hotel sintiéndome bastante conmocionada.

La clase de Nyokabi acabará convirtiéndose en la clase de todos lo que hemos estudiado realización, dando a conocer nuestra experiencia. Muy amena, en la que todos podemos participar. Aunque yo no tenga un nivel de inglés muy bueno Nyokabi no deja de instarme a que aporte todo lo que pueda.

Después de la reunión le contamos a Nyokabi toda nuestra experiencia durante la mañana. El resto de grupos lo había hecho durante la hora que nosotros nos habíamos retrasado. Al enseñarle a la coordinadora mis fotos de los niños, me felicita sorprendida por el buen trabajo y me encomienda que haga fotos de todos los participantes de Stop Malaria Now durante estos días.

Es imposible pensar en un día más completo que este.

Anuncios