Miércoles 8,un día para volar

 

28 horas de viaje, 3 escalas, 3 aviones y demasiada comida de avión.  La del último viaje prácticamente incomible, ya no sólo por la pinta, sino por el desgaste psicológico de llevar demasiadas horas sentada, esperando y comiendo alimentos enlatados.

Lo primero a destacar, algo en lo que no había caído que me ocurriría: nunca había estado en un avión con mucha más gente negra que blanca. Aunque es de suponer, que estos no tienen la misma condición social que la mayoría de la población keniata o de Tanzania, última escala, (de la que por cierto no teníamos ni idea que haríamos).

Las sospechas sobre el nivel social de la gente que me rodeaba, quedaron despejadas cuando mi vecino de asiento, un padre de familia rodeado de los suyos, señala la revista del avión que estoy leyendo y apunta: “esa es mi oficina”. Se trataba del Centro de Conferencias de Naciones Unidas de Adis Abeba (Etiopía), ciudad donde acabábamos de hacer escala. Es Keniata y es un hombre muy agradable, parece un gran padre aunque su hijo casi no se despegue de una videoconsola portable. Supongo que sus hijos serán conscientes de la suerte que tienen. Le hablo al hombre sobre nuestro proyecto, y me asegura que conoce la iniciativa Stop Malaria Now!.

A colación de esto, recuerdo otro momento que se me ha pasado por alto destacar: el aeropuerto internacional de Adis Abeba. Un lugar en el que reina el caos burocrático.

Aunque el lugar no sea ni mucho menos grande, al encontrar la puerta de embarque, pasar el escáner y entregar nuestro billete, nos informan de que nuestro vuelo ha cambiado de número. Vuelta atrás para hacer todo el proceso de nuevo en otra puerta de embarque. Una vez allí, con tachar sobre el billete y escribir a bolígrafo el nuevo número es suficiente. Ya estamos dentro de la zona y, no encontramos por ningún sitio ni un baño, ni un panel informativo, por lo menos para saber si el vuelo va con retraso.

Pegatinas de diferentes colores diferencian a los pasajeros de unos vuelos y otros.  A la llegada de un avión a nuestra puerta, un trabajador del aeropuerto levanta una paleta que muestra nuestro color. Nosotras cogemos nuestras mochilas y nos disponemos a subir, pero al llegar a la mismísima puerta del avión la azafata nos hace volver por el apelotonado pasillo, porque se habían confundido de color.

20 minutos después subimos finalmente a nuestro verdadero avión pero esta vez, bajando a pie de pista. Aquí fue la primera vez que realmente temí por si mis maletas, de las que me había despedido en Frankfurt, ¿se meterán en el mismo avión que yo? Toda una locura.

Sobrevolamos y atravesamos la zona interior de Kenia. La vista de pájaro ya desvela parte de la realidad a descubrir: dispersos techos de uralita, sin ningún tipo de orden, tan solo que todos parecen seguir los serpenteantes caminos de tierra.  Poblaciones que no parecen tener ni principio ni fin. Tierra árida, rojiza, completamente plana pero casi imposible de cultivar. Etiopía es un vergel en comparación a esto, pensaba yo.

A diez minutos de aterrizar, por fin, hasta incluso pienso que voy a echar de menos la repetitiva cancioncita etíope que suena por todo el avión constantemente. Es como de aire tradicional pero, hecha con apenas un organillo barato. ¿Cuántas horas llevaré escuchándola? Hay gente que hasta la acabó tarareando.

Si pienso en lo recorrido me invade el vértigo. Cruzar media Europa, retroceso luego al sur por toda Italia, atravesar el mediterráneo, India, Etiopía, Kenia, mitad de Tanzania, para volver finalmente a la costa Keniata.

Pero la llegada a Mombasa (Kenia) y el traslado a Malindi, la ciudad en la que grabaremos el documental, mejor dejarlo para la próxima ocasión.

Ana Sirvent

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