LA PIPA AMARGA DE LA FIESTAS DEL PILAR

 

Los altercados que cada año provocan la manifestación antitaurina muestran la cara oscura de las Fiestas del Pilar produciendo algo más que enfrentamientos verbales entre antagónicas formas de vivir la cultura.


Las Fiestas del Pilar evocan a todos un sentimiento más o menos profundo que hace sentir a los zaragozanos en comunidad con ellos y con su tierra. Las calles rebosan de gente que va de aquí para allá y la ciudad parece tiener más vida que nunca. La armonía, la paz y la hermandad de su ciudadanos se hace patente en sus expresiones que presagian unos felices días venideros.

Pero siempre hay una pipa amarga dentro de la bolsa. La corrida de toros del Pilar y la manifestación en contra que se convoca cada año en los alrededores del la plaza consiguen arruinar el clima tan inaudito que se consigue en estas fiestas patronales.

Por mala suerte y desgracia para mi ánimo fiestero me encontré este año andando por Conde Aranda en el preciso instante en que empezaba el conocido enfrentamiento anual y por curiosidad me quedé a contemplar el percal que se avecinaba.

Siguiendo la procesión el ambiente se presentaba jovial. Mucha gente, entre los que destacaba la juventud, parecía sentirse enaltecida, más incluso que el que puede producir la ofrenda de Flores para un adorador de la Virgen del Pilar. La alegría y la felicidad de sentirse cumpliendo con su deber moral les convertía en héroes que acudían unidos a la batalla pero por ahora las risas y los cánticos antitaurinos como “Tortura no es arte ni cultura” y “Zaragoza antitaurina” sólo seguían animando el grato ambiente de júbilo que inundaba la calle.

Todo ello dio un giro brutal al llegar a las inmediaciones de La Plaza de Toros la ciudad. El acercamiento al característico edificio y las personas que acudían a ver el clásico evento caldearon los ánimos. La policía se mantenía atenta de crear una barrera que no dejará acercarse a más de 5 metros a unos y otros que no se sabe si es mejor o peor porque los insultos a distancia parecen retumbar más en medio de la situación.

 

Entonces llegó el amargor. Cuando la manifestación se acercaba a las inmediaciones de la plaza el encuentro entre unos y otros era inminente. Las caras y las expresiones se tornaron. Miradas de irá y expresiones de asco parecían estar enfrentando a pueblos bárbaros que luchan por subsistir o morir ante las garras del contrario. La pared tan característica de la plaza de Toros llena de arcos abiertos parecía una fortificación desde la que sus refugiados tenían una situación privilegiada para lanzar reprimendas a los manifestantes. Una servidora vio caer cerveza desde sus aberturas. Y con ello no quiero tachar a uno de los bandos ya que personas inconscientes hay en todos los lugares.

La sensación al acaba la trifulca, cuando los manifestantes continuaron la procesión hacia la Plaza España, no volvería a ser la de antes del incidente, por lo menos para mí. Decidí en ese momento no acompañarlos hasta el final, ya había visto suficiente. No hubo  vencedores ni vencidos en la batalla que esa tarde se libró.

Y no queda más que pensar, sólo que somos incapaces de entender a los demás. No queremos ser conscientes de que siempre habrá posturas enfrentadas que no pueden convertirse en una realidad de insultos y provocaciones entre personas, entre ciudadanos, entre zaragozanos en fiestas.

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